Roadkill, por J. J. Merelo

I

La mano derecha en el vaso de papel de Coca Cola, tamaño grande. Que dure un buen rato. La mano izquierda en el volante. La mayor parte del tiempo, al menos. El pie derecho en el acelerador. Love potion number nine sonando en la K-BOM, desde Los Alamos. Volviendo ya a casa, noche cerrada, las ocho, ya se ha acabado el trabajo, un poco de tele, unas buenas salchichas con mostaza, un sixpack para toda la noche. La vista, fija en los dos carriles de coches que van delante, a veces va a los arcenes, a los casinos que pueblan la 84. Pocos coches, cada vez menos a estas horas, un lunes, la gente no parece tener ganas de tirar el dinero tan pronto en la semana. El Oldsmobile ronronea bajo el control de crucero, sin cambiar la velocidad.

Los ojos de Bob se fijan en las dos luces que vienen por los dos carriles contrarios de la autopista, más brillantes de lo normal. Un camión, quizás. Muchos camiones en esta carretera, y con demasiadas luces. Algunos parecen árboles de Navidad. Pero no circula por el sentido contrario. Circula hacia él. Sin parar. Y muy cerca. El rugido de su motor se oye por encima de las Shirelles, del Oldsmobile y del mismo maldito diablo. Y se huele, diablos, sí, huele a gasoil, a aceite de motor, a taller de motocicletas.

Bob se sale de la carretera en el último momento, chocando con un cartel brillante de lentejuelas que anuncia el casino de Pojoaque. Cuando se despierta con la cabeza en el airbag, está todo mojado. No sabe si de Coca Cola, de sangre, o de orina. Se había meado de miedo.

II

El orbe carmesí del sol se deja entrever en el espacio entre la Black Mesa y las formas sorprendentemente tridimensionales de las nubes de color melocotón. Y en el semicírculo del sol, el semicírculo de la máscara de Ray Laahti, y la esvástica del movimiento de sus brazos y piernas en el baile.

Había estado danzando durante dos horas. Al principio de forma vacilante. Conocía la danza del maíz. Conocía la danza del águila. Pero ya pocos miembros de su tribu plantaban maiz. Pocos habían visto alguna vez un águila. Muchos elaboraban vasijas en sus casas, otros trabajaban en los casinos. Algunos, muy pocos, en los laboratorios de Los Alamos. Y él tenía un taller. OK, está claro como se pide lluvia, también como se pide fertilidad para las mujeres de la tribu, pero ¿cómo diablos podría pedir que su taller de coches trajera la prosperidad a su familia? Bueno, pues nada, a bailar un poco, y a tener fe, y para asegurar el éxito, hacerlo todo en la Black Mesa, el sitio de poder de la tribu.

A las siete y media de la tarde estaba exhausto. El fin de semana le había cansado, el lunes de vuelta al trabajo más todavía, muchos accidentes el fin de semana. Bajó de la Black Mesa, cargó sus atuendos tribales en la parte de atrás de su Dodge Ram, limpia como si fuera el fregadero de su casa, y se dirigió a San Ildefonso. Quizá le haría caso a su mujer, el fin de semana irían todos, con las dos niñas y el niño, al Santuario de Chimayó. Un poco más de ayuda nunca vendría mal.

III

Esa primera semana, el New Mexican tuvo que ampliar a dos módulos el espacio diario dedicado a los delitos cometidos durante la jornada anterior. Todos los días había varios del tipo "Coche no identificado echa de la carretera a... " o "Se produjo una colisión lateral la pasada noche en la 84. El causante se dio a la fuga". "En Nambé, los policías tribales persiguieron a un vehículo no identificado para multarle por exceso de velocidad". "Conductor suicida circulando en sentido contrario causa el pánico en las cercanías de Camel Rock". "Enrique Ruybal, de Santa Cruz, informa que han desaparecido varias piezas de unos coches abandonados en su propiedad".

La segunda semana, las descripciones del coche no identificado comenzaron a tener puntos comunes. "Un motor trucado, por la cantidad de emisiones y el ruido que produce". Enseguida se pensó en alguno de una banda de low-riders de Española. Una detención de los sospechosos habituales arrojó poca luz sobre el asunto, nadie sabía nada. "Un Chevy Camaro del 69, color negro obsidiana, con unas llamas pintadas en el capó".

"Quizá un borracho, alguien arruinado por los casinos. Por el tipo de coche, quizás un hispano o un indio". Los hispanos e indios preferían los deportivos de hace diez años o más, o esos grandes coches de sólo dos puertas que tragaban galones de gasolina con plomo como quien se bebe un six-pack de cerveza americana. Las policías tribales y la policía del estado patrullaron, lo vieron, lo fotografiaron, pero no lograron detener a nadie.

"Un vehículo experimental de Los Alamos, que está siendo probado por la Policía del Estado". Tanto Los Alamos como la policía lo denegaron. "Es parte del ejército invasor de las Naciones Unidas, que se está entrenando en White Sands. Siempre ha sido observado con helicópteros negros. Además, últimamente hay mucha gente de negro en Santa Fe."

"Un fantasma, un extraterrestre o ambas cosas a la vez". Inmediatamente, todas los ejemplares de "Christine" desaparecieron de las librerías de los alrededores.

IV

Las peregrinaciones a Chimayó, a unas decenas de millas de Santa Fe, habrían sido bastante mayores si no fuera por dos razones: una, los hispanos devotos del Cristo de Chimayó tenían miedo de atravesar la carretera 84 que llevaba a él. Y dos, había tal cantidad de tráfico esperando ver el fantasma, que se circulaba a 30 millas por hora con un poco de suerte. Con un poco de mala suerte, es decir, si los low-riders de Española hacían de las suyas, o sea, circular en paralelo por los dos carriles de un sentido a 10 millas por hora, o bien si la policía decidía realizar algunos controles aleatorios, se avanzaba a mucho menos de 10 millas por hora.

Los anglos se lo tomaron con su filosofía habitual. Pusieron varios pleitos a la autoridad de transportes de Nuevo Mexico, al Gobernador, a la policía del Estado, y a algunos gobiernos municipales de varias millas a la redonda. Otros iniciaron el negocio de sobrevolar con helicópteros la carretera de noche, con equipos de visión infrarroja, y advirtiendo claramente que no era suresponsabilidad si no lograban ver nada que pareciera un fantasma.

A la comunidad india no le gustó. A los turistas busca-fantasmas no parecía gustarles ni los casinos, ni la artesanía. Salvo a la familia Laahti. Los pequeños abollones eran diarios, muchas veces los turistas se quedaban sin gasolina, y el taller no paraba de trabajar.

A final de mes, la familia Laahti al completo fue al Santuario de Guadalupe a dar las gracias por la suerte que parecía haberles llovido del cielo.

V

Si un extraterrestre sobrevolara San Ildefonso, llegaría a la conclusión de que la principal cosecha son unas extrañas estructuras metálicas con cuatro ruedas, que crecen prácticamente en todas las granjas. Cadáveres de coches yacen sin ruedas, sin faros, sin asientos en donde antes, y a veces también ahora, pastaban las vacas y los caballos.

Pero nadie antes se había atrevido a conducir hasta Black Mesa y dejar su coche allí. Nadie. Una noche, alguien encontró allí un viejo Camaro, fuego pintado en el capó, las ruedas sobresaliendo unas pulgadas a cada lado de la carrocería. Y no debía haber sido hace mucho, porque el capó estaba todavía caliente.


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